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Turismo y Cultura

Irina Bokova: "El turismo excesivo es el gran enemigo de la cultura"

La máxima representante de la Unesco asegura que los ciudadanos están acabando con parte del patrimonio inmaterial, por el "poco interés de las generaciones jóvenes en el legado, la falta de transmisión intergeneracional o la migración rural".

 

La Unesco se creó hace más de medio siglo, cuando el final nuclear de la Segunda Guerra Mundial hizo que los ejércitos guardaran sus fusiles. Nació con el eco de las bombas, la misión más difícil jamás encomendada a una organización: construir la paz en un mundo arrasado por el conflicto. No se le ha dado mal a la Unesco el cometido, aunque este año ha tenido que enfrentarse a uno de sus mayores retos desde que nació: las revoluciones árabes.

En cuanto prendió la llama en Túnez, se dio la señal de alarma. «A principios de 2011 se pidió a las organizaciones implicadas en la primavera árabe que protegieran el patrimonio en Túnez, Libia y Egipto», explica la directora de la organización, Irina Bokova. Se trataba de blindar lugares como Leptis Magna, en Libia; Cartago, en Túnez, y los sitios arqueológicos de Egipto, entre ellos las pirámides de Gizeth. Amenazados, es como si en París corriera peligro de derrumbe la torre Eiffel o el Museo del Louvre. Aunque, según explica, la que lleva al frente del organismo desde 2009, el mayor peligro no han sido las revueltas, sino "el pillaje, el tráfico ilícito de bienes culturales y el robo de museos y yacimientos arqueológicos".

"Gracias a la rápida actuación de la organización los daños han sido moderados", dice la búlgara, para quien los héroes no están en los despachos, sino en las calles, pues la población local ha sido la primera en sacar uñas y dientes para defender su identidad. "Ciudadanos de todas las edades han demostrado valor y orgullo en la protección del patrimonio", explica.

No sólo las bombas acechan. En España "la guerra del ladrillo, la urbanización incontrolada, el turismo excesivo y la contaminación son los enemigos mortales que amenazan la cultura". Según explica Bokova, si no se controla, las consecuencias del cambio climático y la navegación excesiva podrían afectar, por ejemplo, a las praderas de Posidonia en la isla de Ibiza.

"El impacto visual de edificios elevados como la torre Pelli-Cajasol en Sevilla o la instalación de granjas eólicas en paisajes protegidos deben medirse con cuidado", advierte. También hay que vigilar las obras de infraestructuras del AVE bajo La Sagrada Familia de Gaudí, en Barcelona, o las presas hidráulicas en algunos paisajes protegidos.

En cuanto al patrimonio inmaterial, el mayor enemigo somos los ciudadanos. "El poco interés de las generaciones jóvenes en el legado, la falta de transmisión intergeneracional, lo mal que se comprende su valor intrínseco, la migración rural y algunos estilos de vida contemporáneos ponen en riesgo nuestros valores culturales no materiales", dice.

Por eso, para Bokova, mantener (o lograr) la paz en un mundo en constante metamorfosis, y mucho más conectado que en 1945, es tan complejo como en sus orígenes acallar cañones. Aún hay que recolocar las piedras y eso empieza en las escuelas, aunque la cultura es siempre la primera víctima de las crisis.

Libros para crecer

"La cultura no es un lujo, es un capital de futuro", advierte. No somos conscientes, dice, del enorme potencial que genera y de lo mucho que podría haber ayudado a salir del bache si no se le hubieran cortado las alas. "La cultura es un poderoso factor de cohesión social, capaz de garantizar la estabilidad social, y por tanto de generar crecimiento. Es un referente del que no se puede prescindir", explica.

Conscientes de su poder, los gobiernos han tratado de mantener en pie ese pilar, caído el de la economía, y la realidad es que la crisis no ha tenido un impacto en el consumo de cultura. Tampoco en el dinero que los estados invierten en mimar este tesoro preciado. Sin embargo, sí ha paralizado las inversiones en ámbitos como la educación.

Arma contra las desigualdades y la pobreza, representa menos del 2% de los presupuestos humanitarios en el mundo. Harían falta 16.000 millones de dólares al año para dar lápiz y papel a todos los niños. "La educación no debe confundirse con la mera escolarización", dice.

Aunque está acostumbrada a caminar contra corriente, le cuesta digerir decisiones políticas. Porque no ha sido la crisis económica, sino la decisión de la organización de reconocer el Estado palestino, lo que ha menguado el presupuesto de la Unesco. En concreto éste se ha recortado un 30% y ya afecta a todas sus actividades.

 
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